AÑO CERO

El 20 de Octubre de 1994 se puso en marcha Vademecum. Retomaba el relevo que durante poco más de 8 años había ocupado el bar Ruralex, uno de los locales emblemáticos de la música alternativa desde los ochenta en Vigo.

Ruralex era un club que había sido todo un referente, tanto por la decoración de sus interiores como en el recorrido musical. Junto al Manco, formó durante años un tándem de parada obligatoria para todos los amantes de la New Wave. Desde la llamada "música de importación", hasta los mejores grupos del pop nacional, o las nuevas tendencias de la época como el Sonido Manchester y el pop independiente inglés de la segunda generación, sonaban cada día entre sus "emplumadas" paredes. Incluso en aquellos momentos, cuando el público "alternativo" de la ciudad rechazó este sonido y se pasó al “rock de mechas" liderado por Guns & Roses, L.A Guns, Aerosmith, The Cult, etc., el Ruralex continuaba contra viento y marea exportando los sonidos independientes con Stone Roses, Happy Mondays, Pixies, Sugarcubes, Wedding Present, Stereolab, Husker Du, etc. Su última etapa, la más decadente y abandonada por parte de sus seguidores y propietarios, fue un triste final para un local por el que Djs, como el tristemente desparecido Flechi, o Gonzalo, Pastoriza, Álvaro, Julio, etc., habían dejado lo mejor de esos años en la música popular.

Concluía una ciclo y empezaba otro bien distinto, pero que conservaba cierta conexión tanto en el enfoque de la música como en el sentido de la estética y la filosofía de club anterior. Vademécum fue su continuación y si Ruralex se había caracterizado por desmarcarse de los sonidos comerciales y apostar por la vanguardia del momento -Esplendor Geométrico dieron su único concierto en Vigo en ese mismo escenario en el que después cantaría Antony & The Johnsons- Vademécum apostaba en los primeros meses por el mestizaje sonoro: de Bristol al Acid Jazz, del pop independiente al rock neoyorkino. Sin embargo, esas buenas intenciones ya se empezarían a torcer en una ciudad que desde muchos años antes había aceptado un cambio de reglas: aquellos años en los que la facción “rockista” de Vigo bailaba el guión musical de la MTV merecería un artículo aparte.

El nombre del club había sido seleccionado por uno de los cuatro responsables de la nueva sociedad. Nos gustaba como sonaba y nos hacía ilusión esa conexión con la pluralidad de estilos y sonidos que queríamos transmitir. Nunca llegamos a sospechar que con ese nombre y su correspondiente logotipo, mas la música electrónica asociada a las drogas sintéticas, pudiese tener tanta afinidad . Un periódico de Santiago, para hablar de la ruta del éxtasis por Galicia, llegó a comentar sobre Vademécum: "incluso hay locales que se ponen nombres farmacéuticos relacionados con los medicamentos". ¡Ok, sin comentarios!

Era tan poca la idea que teníamos de una cosa –y la otra– que en esos comienzos todo iba por libre, con la inercia de la inocencia. Sabíamos en parte lo que queríamos, pero nunca coordinamos de forma premeditada una estrategia. El nombre iba por un lado y el logo – fotocopiado de una enciclopedia médica francesa de principios del siglo XX– había sido un regalo del pintor Isaac Pérez Vicente mucho antes de bautizarlo.

La reforma interior la llevó un arquitecto de Ourense amigo del grupo que, si bien no dio con la idea, sí que fue bastante innovador al usar materiales limpios como el gresite, pavé, un espejo enorme que cubría la parte principal de la barra, etc: pocos cambios, pero con mucho protagonismo. Aún así, esas modificaciones en la decoración eran insuficientes y el local se quedó en un híbrido condicionado por aquellos espacios en los que no se pudo intervenir y las partes ya modificadas. Aquel gresite blanco fue para muchos un escándalo y se nos empezó a llamar "el matadero". Casualidades de la vida es que en el 2012 continúa de blanco –aunque con menos juntas claro–.

Por último, para poner a andar el nuevo proyecto, la música estaba coordinada por Xurxo, joven estudiante de telecomunicaciones, de un gusto increíble pero demasiado serio –o culto dicen– en un bar de copas.
La formula mestiza no funcionaba, y así salimos a la calle ese 20 de octubre, con la entrada y carteles diseñados por otro arquitecto, Eduardo Berea, que entonces tenía el privilegio –fruto de un premio en un concurso de diseño– de contar con el primer Mac del mercado en esos años. ¡Qué tiempos!

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